14 sept. 2008

TANA TORAJA, el culto a los muertos. Agosto 2008.


Una tierra virgen y olvidada de Indonesia, refugio de piratas, donde los torayas, un pueblo de montañeses que llegó de Indochina hace cinco mil años y aún conserva intactas sus tradiciones ancestrales. Ajenos al devenir del mundo civilizado, estos industriosos y pacíficos montañeses cultivan arroz y maíz y se extasían contemplando las más hermosas puestas de sol de la tierra. Como no sabían edificar casas, construyeron barcos para vivir y para guardar el grano.
La tierra toraya se extiende por la parte suroriental del gran macizo central de la isla de Sulawesi. Sus 300.000 habitantes viven distribuidos entre dos núcleos principales de población, Rantepao y Makale, y unas 75 aldeas diseminadas por los numerosos valles de los alrededores. Al llegar a las montañas el paisaje cambia bruscamente. Un arco sobre la carretera nos da la bienvenida a Tana Toraja (la tierra de los torayas). Ante la vista se extienden espesos bosques selváticos, empinadas laderas y la mayor y mejor sinfonía de verdes que han podido contemplar nunca ojos humanos. Los diminutos poblados que se encuentran en el camino, con sus llamativos tejados, no rompen la armonía.

Los pueblos están formados por bellas edificaciones idénticas, perfectamente alineadas, que recuerdan la proa de antiguos veleros chinos. Frente a ellas, al otro lado de la calle, se encuentran los graneros, otra hilera de edificios semejantes, aunque más pequeños. Las casas están asentadas sobre pilotes, de manera que la parte baja hace las veces de establo para los búfalos. Una angosta y empinada escalera de madera lleva a la parte superior, a la que se entra por una especie de portezuela muy baja. El interior es el colmo de la sencillez. No hay muebles, apenas una alfombra de esparto. En un cuarto contiguo, con ventanas a ras de suelo, un colchón sirve de cama.


Los torayas son pequeños, amables y hospitalarios. No tienen jerarquía y la jefatura la ostenta el maestro, que se encarga de alojar a los visitantes en su casa. No cobra por ello, pero acepta pequeños obsequios que deben dejarse, como al descuido, en algún lugar discreto de la casa.
Viven obsesionados con la muerte, que celebran en largos fastos funerarios. Una de sus creencias sostiene que los muertos caminan entre el séquito hasta su tumba. No entierran los cadáveres. Los introducen en elaborados sarcófagos con forma de animal y los cuelgan de las paredes rocosas. Los más pudientes hacen excavar profundos nichos en roca viva y allí depositan a sus deudos, lejos del alcance de los ladrones y las alimañas. Hoy día, se construyen panteones familiares que recuerdan sus casas. Según la importancia social del finado, así son los fastos. Para los principales del poblado, se tallan réplicas de madera de tamaño natural que guardarán su tumba por toda la eternidad. La familia sacrifica numerosos búfalos y celebra durante días el acontecimiento con vino de palma.
La aldea de Kete Kusu es el conjunto de más pureza y mejor conservado de las construcciones torayas, con sus imponentes tejados de bambú. Las sedes funerarias de Lemo y Londa tienen espectaculares tumbas excavadas en paredes verticales y protegidas por balconadas de tau tau, tallas de madera de tamaño natural que guardan el eterno descanso de los finados.

+ INFO: http://batusura.de/index.htm

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