6 ago. 2013

CARRETERA DEL KARAKORUM, el techo del mundo.

KKH, Karakorum Highway (en inglés): sólo el nombre ya impresiona. 1.250 kilómetros que unen Islamabad y  Kashgar, la ciudad caravanera de Asia Central, discurriendo paralela al Indo y al Hunza por un trazado extremo, la cordillera más alta del mundo.

 

Todavía no hace 25 años que se construyó y ya es una leyenda. La KKH atraviesa el techo del mundo, serpenteando entre las murallas del Karakorum, el Pamir, el Hindu Kush y, finalmente, el Himalaya.

Construida en medio de la orografía más adversa del planeta, la cantidad y dificultad de los accidentes geográficos, así como la meteorología, hacen que sólo se pueda circular por la KKH unos cuantos meses al año. En invierno permanece cerrada.

A pesar de todo, los desprendimientos y hundimientos son constantes y un peligro real para todo vehículo o persona que la recorre.

  La carretera del Karakorum es más que un nexo entre China y Pakistán: en un entorno de paisajes dispares, une nómadas hospitalarios y chinos que hablan persa. La leyenda acompaña la Karakorum Highway, desde incluso antes de nacer. Por donde ella pasa, pasó uno de los ramales más difíciles de la Ruta de la Seda. Atraviesa la confluencia de las cuatro cordilleras más altas de la Tierra: el Himalaya, el Karakorum, el Hindu-Kush y el Pamir.

China y Pakistán tardaron 20 años en construirla, al enorme precio de 892 vidas humanas. Hubo que desmontar montañas, esquivar glaciares, abrir túneles, tender decenas de puentes y superar miles de torrentes y rieras.

Y sin embargo es una obra inacabada: el tráfico sólo circula entre el 1 de mayo y el 15 de octubre; en invierno, la nieve obliga a cerrarla, y cada primavera, un ejército de trabajadores ha de reparar lo que el hielo, el frío y las riadas han destruido.

Aunque su inicio está en Islamabad, muchos prefieren saltarse la desgarbada nueva capital pakistaní -comenzada a construir el 1961- para empezar la ruta en Peshawar, la indómita, la misteriosa. A tan sólo 100 kilómetros de la frontera de Afganistán y del legendario Khyber Pass, algo de salvaje se respira en el aire. Cruce de caminos entre la civilización india de la llanura y el mundo de los nómadas del Asia Central, bazar inmenso, mercado de alfombras, de armas y de drogas, una mezcla de razas y etnias, de atuendos, ropajes, turbantes y rostros, Peshawar es fascinante.

El tráfico de camiones pakistaníes, pintados de alegres colores, es incesante. La carretera deja el Indo a un lado, pasa Gilgit y entra en el valle de Hunza, enclavado entre picos blancos que sobrepasan los 6.000 metros. Hunza, pequeño edén: los campos de trigo y mijo, flanqueados por altivos chopos, escalan las vertientes empinadas en un dédalo de terrazas que al sol brillan como el jade. Son pequeños oasis donde crecen huertos de frutales, almendros, higueras y nogales. El agua gorgotea en multitud de acequias, y las delgadas siluetas de los álamos temblando al viento se recortan contra la blancura de la nieve del Rakaposhi, que, con sus 7.788 m, es la primera gran cima de la cordillera del Karakorum.

Más allá el deshielo de los glaciares provoca avenidas de roca, fango y agua que cortan la carretera por horas y, a veces, por días. El paisaje se torna desértico, un roquedal de una desnudez sin contemplaciones. Las huellas de las avalanchas son cicatrices lacerantes. Las rocas de pizarra brillan con fulgor plateado. Y aun así, aparecen, no se sabe de dónde, pastores de largas barbas rojas con rebaños de cabras.

 

Y, por fin, el Khunjerab Pass, el puerto de 4.693 metros de altitud. Allí arriba todo es intenso: el azul del cielo, el aire frío y seco, la luz, la soledad humana y la emoción de los viajeros. Nada más iniciar el descenso por el lado chino del Karakorum, la carretera emprende una alocada cuesta abajo por un amplio y larguísimo valle glaciar cubierto de derrubios de pedruscos y cantos afilados.

Vertiginoso descenso enfilando cañones por los que rugen torrentes turbulentos de aguas del color de la malaquita, lleva hasta la llanura, calurosa, sedienta, y al verdor del oasis: allí está Kashgar, la meta. Habitada por musulmanes uigures de lengua turca, la chinización de los últimos veinte años le ha robado parte de su sabor ancestral, pero sus bazares son aún un retrato de los viejos bazares de otros siglos, y su mercado de los domingos continúa siendo uno de los más importantes de Asia Central. Y en ellos, mezclados con los comerciantes pakistaníes y chinos que cargados con equipajes imposibles hacen la ruta vendiendo y comprando en los bazares del camino, los viajeros podrán sentirse parte de la vieja, imperecedera, siempre renaciente ruta de la seda.

 La KKH une Islamabad, capital de Pakistán, con Kashgar, la primera gran ciudad del Turkestán chino. Es un viaje para hacer con tiempo, disfrutando de la continua transformación del paisaje y de las escalas, descubriendo en cuerpo propio el significado de las distancias. Lo importante no es llegar. Lo importante es el camino.

+ INFO: http://elchorrilloviajar.blogspot.com.es/2012/10/en-el-karakorum-pakistan.html

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